Historias de reporteros

Por ya sabes quién lo escribe…
López Obrador habló más pausado, Meade más enjundioso y Anaya menos que de costumbre. Una hora y media con cada uno en la entrevista conjunta en Tercer Grado, en la que tuve el gusto de participar con otros colegas.
Los entrevistadores pudimos haber llevado nuestras preguntas, pero los candidatos fueron a mandar un mensaje aprovechando el foro.
La de López Obrador fue una entrevista que, a mi gusto, lo pintó de cuerpo entero. Casi un documento sobre la sicología del personaje. El de Morena fue a verse presidente más que líder social. Y me parece que dejó claro dónde traza él la línea entre los buenos y los malos, entre sus seguidores y los mafiosos: si actúas contra mí, si me atacas y criticas cuando lo que estoy buscando es apoyo, entonces eres adversario y te atienes a las consecuencias; si no te metes, yo tampoco contigo; pero si te me sumas, es borrón y cuenta nueva en tu vida. Lo definió serenamente citando conceptos religiosos: el perdón y el arrepentimiento para alcanzar la redención. Y esta vez soltó que si gana, no llegaría al poder en plan de derogar reformas y meter gente a la cárcel, sino que dedicaría los primeros tres años a pacificar el país. Esta fue la versión de AMLO en Tercer Grado. Su problema es que hay varias otras versiones disponibles.
José Antonio Meade fue a tratar de convencer que no está políticamente muerto. Mucho mejor en la conversación en corto que en el templete, intentó despertar alguna esperanza de que todavía puede hacer algo en esta contienda. La estrategia: mencionó una sola vez a Anaya y decenas a López Obrador. Quiere relanzar su campaña pero sigue con el grillete que se llama PRI, que se llama Enrique Peña Nieto. A Meade se le ha ofrecido mil veces la llave para que se libere, pero insiste en tirarla al río. Sucedió otra vez en Tercer Grado. Y al no deslindarse del presidente y su gestión, al no condenar a los impresentables que consiente su partido, al defender la manera en que el gobierno procesó los escándalos de corrupción, al refrendar que es el hombre del continuismo, se entorpece solo el camino.
Ricardo Anaya, desde mi punto de vista, fue a mandar un mensaje al presidente Peña Nieto: tratar de tenderle un puente para ir juntos al 1 de julio con la misión de derrotar a López Obrador. De aquel Anaya que abría presuroso las puertas de la prisión para que el pueblo arrojara al primer mandatario, pasó a un Anaya que no confronta con Peña, que habla de instituciones que tendrían que procesar denuncias, que no machaca. Incluso tuvo hasta para cambiarle el tono a su trato con el ex presidente Felipe Calderón, con quien trató de tender un puente. Es obvio que trata de aglutinar a las fuerzas anti-AMLO, pero se le complica con tantos heridos que ha dejado su andar. Y porque se le ve tocado. Lo acepta y lo asume. Hasta le cambia el tono de voz cuando acusa la fuerza del Estado: el escándalo de la nave industrial le pegó, y duro.

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